La indefensión aprendida, o en su término en inglés learned helplessness, es un trastorno
psicológico caracterizado por una involución en el aprendizaje causada por la
actuación impredecible de un estímulo aversivo sobre el individuo, sin disponer
éste de un mecanismo para escapar o evitar dicho estímulo. Esto lleva al animal
a un estado en el que no puede predecir ni controlar la situación, con lo que
aprende a no reaccionar de ninguna manera, aún cuando más tarde se le proporcionen
herramientas para hacerlo.
Sabemos que uno de los factores importantes para que se produzca un
buen condicionamiento instrumental es la contingencia entre la respuesta
ofrecida por el animal y la consecuencia a esta respuesta (refuerzo). Podríamos
pensar entonces que si este factor no es correcto no se produciría aprendizaje.
O también que el aprendizaje producido sería independiente de la consecuencia. Pues
bien, es esta segunda opción la hipótesis correcta. Sí se produce aprendizaje,
pero lo que aprende un animal en esta situación es que haga lo que haga es
independiente de la recompensa (situación de indefensión) Por supuesto el que
un animal aprenda esto, no tendrá un buen efecto sobre su capacidad de
aprendizaje futuro, sino todo lo contrario, sobre todo si estas situaciones se
cronifican.
La indefensión aprendida es el
hallazgo de que el aprendizaje futuro se retarda si el animal recibe
previamente consecuencias incontrolables.
Experimentos sobre la
indefensión.
Los primeros estudios llevados a cabo sobre la indefensión se deben a
Seligman y Maier (1967).


Martin Seligman Steven
F. Maier
Utilizaron 3 grupos de perros en el experimento:
1. En el grupo 1 se colocaba a los animales
sujetos por un arnés mientras se les proporcionaban descargas eléctricas
inesperadas en las patas traseras. Estos perros podían parar las descargas
siempre que pulsaran con su hocico unos paneles situados a ambos lados de la
cabeza.
2. En el grupo 2 sin embargo, los perros no
tenían la posibilidad de detener las descargas suministradas, recibiéndolas al
mismo tiempo que los animales del grupo
1.
3. El grupo 3 era el grupo control, en el que los
animales no recibían ningún tratamiento.
En una segunda fase del experimento se les daba a todos los grupos la
oportunidad de una vía de evitación de las descargas mediante la colocación de
un segundo compartimento dentro de la caja donde estaban situados, para poder
moverse allí al recibir el estímulo aversivo.
Los resultados fueron que los grupos 1 y 3 manifestaron la misma
capacidad de aprendizaje de la nueva estrategia de evitación/escape, moviéndose
al segundo compartimento. Sin embargo, el grupo 2 mostró un tremendo problema
de aprendizaje de la nueva tarea. Este déficit constituye el llamado fenómeno
de indefensión aprendida.
Esta dificultad del grupo 2 para aprender a evitar la descarga no podía
obedecer al hecho de haber recibido las descargas previamente, ya que el
estímulo se proporcionó igualmente en los tres grupos. El problema era debido a
su incapacidad previa, en la primera fase del experimento, para poder controlar
la descarga suministrada. En la primera fase, los individuos mostraban
determinadas conductas pero ninguna tenía que ver con la consecuencia de parar
de las descargas. Esto desarrolla en el animal la idea de que por mucho que
haga no va a tener un control sobre la terminación del castigo, con lo que la
conducta licitada ante el estímulo termina por ser la inhibición en la segunda
fase, en vez de la evitación/escape como los perros de los grupos 1 y 3.

La idea de que la conducta es independiente de la recompensa funcionó
también con otra experiencia en la que el condicionamiento instrumental era
apetitivo, en vez de aversivo. El fenómeno hallado en este caso se denominó pereza aprendida. El experimento se
realizó con ratas y bolitas de comida como reforzador positivo, y las
conclusiones fueron asimismo un retraso en el aprendizaje por el grupo en el
que la contingencia no existía y la presentación del estímulo era aleatoria con
respecto de la conducta de apretar una palanca. En la segunda fase, cuando
podían recibir el refuerzo positivo, los animales no mostraban ninguna
conducta.
Otras hipótesis.
Hipótesis posteriores de otros investigadores señalaban que lo que da
origen a la respuesta de indefensión no es la falta de control del animal sobre
la consecuencia, sino su incapacidad para predecir la presentación del
estímulo.
También la ansiedad cronificada, el estrés sin descanso y el miedo
experimentado se presentan como factores que disminuyen la capacidad de
aprendizaje posterior.
Por último, se cree que los animales afectados por esta experiencia
cambian la manera de procesar la información en sus cerebros. De manera que la
capacidad de respuesta posterior sería limitada.
Aplicaciones.
Todos estos experimentos, hipótesis y teorías tienen una aplicación a
nivel de la etología aplicada al trabajo diario con perros, que es el ámbito
que nos ocupa.
La principal conclusión a extraer de aquí es el fundamento para
trabajar de manera correcta con nuestros perros y los de nuestros clientes.
Es imprescindible conocer adónde nos pueden llevar los errores en la
educación y el adiestramiento de un animal antes de emprender un trabajo. Y por
supuesto, estudiar las cualidades psicofísicas del perro, que nos darán una
idea de las limitaciones con las que nos vamos a encontrar, los reforzadores
positivos y negativos que podremos usar y el nivel de presión a emplear tanto
en el trabajo en positivo como con dobles reforzadores.
Ya hemos visto la importancia de la contingencia en el condicionamiento
instrumental. Un bajo nivel de frustración o estrés puede ser positivo en un
trabajo o en un animal determinado, pero perjudicial en otros. Y lo importante
es que se puede hacer un mal trabajo utilizando un método en positivo, como en
un trabajo en negativo o con dobles reforzadores.
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